Deseo y necesidad

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En El nuevo mundo después de Snowden, su autor, Evgeny Morozov, dice: “Armados con tantos datos, los sistemas políticos parecen creer que pueden prescindir del ciudadano”. Puede invertirse la frase: “Armados con tantos datos, los ciudadanos parecen creer que pueden prescindir de los sistemas políticos”.

Esta idea-espejo de la de Morozov invita preguntarse por las nuevas formas de hacer política surgidas a partir de un tipo concreto de activismo: el de los movimientos sociales que están proporcionando a la ciudadanía cantidades ingentes de información pública.

En Monitorización parlamentaria: nueva vía de rendición de cuentas social se habla de estos movimientos y, en concreto, de las Organizaciones de Monitorización Parlamentaria (PMO, por sus siglas en inglés) que, “entroncando con la filosofía de gobierno abierto, promueven el libre acceso a datos públicos”. Como PMO españolas se citan cinco valiosos ejemplos de iniciativas felizmente consolidadas: Civio, Parlamento 2.0, Qué hacen los diputados, Proyecto Avizor y Proyecto Colibrí.

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Método de trabajo

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Para elaborar una agenda de calidad democrática se requiere un método de trabajo. Confiar el afianzamiento de la cultura organizativa de un partido político a una mezcla de voluntarismo y sentido común no es suficiente. En la Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas hemos desarrollado un manual o guía donde se describen los pasos a seguir. Creemos que esta forma de trabajar ayudará a la regeneración de la actividad política. Pues al comprometerse públicamente con el cumplimiento de su agenda de calidad democrática, un partido estará en disposición de ganarse la confianza de sus militantes, de sus  potenciales electores y de la ciudadanía en general.

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Ideología y organización

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El incontestable y creciente descrédito de los partidos políticos clásicos está provocando el nacimiento de nuevas formas de acción política, así en la esfera digital como en el mundo físico, bien monográficos (PAH) o generalistas: Podemos o Partido X. Incluso vemos surgir nuevos partidos de hechura tradicional como, por citar el más reciente, Vox. El momento es, sin duda, apasionante. Y desconcertante. Porque, en palabras de Daniel Innerarity (Democracia sin política), “nadie confía a la política lo que solo la política podría resolver”.

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No, no nos abrirán

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“No, no, no nos abrirán” coreaban los partidos políticos hasta hace poco tiempo. Forzados por las circunstancias, parecen haber emprendido el camino de la transparencia. ¿Anuncia la Ley de Transparencia el final de nuestros males? Rotundamente, no. Por varias razones, entre otras, estas dos:

  1. No hay ninguna medida que, por sí sola, sea “la” solución de la actual crisis social.  Cada medida puede ser, por sí misma, necesaria pero nunca será suficiente.
  2. La transparencia ilumina el pasado, no el futuro. Depender solo de ella equivale, por tanto, a ir a remolque de las circunstancias.

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Serie: La calidad bien entendida

(i) Presentación de la serie y resumen de las seis entradas de que consta
(1) Qué es un indicador de calidad: Compromiso, mejora, futuro
(2) Qué significa un indicador de calidad: Al menos, ocho mensajes
(3) Dónde aplicar los indicadores de calidad: En los procesos, no en el producto
(4) Transparencia versus Calidad: Responsabilidad del pasado vs. Compromiso futuro
(5) Círculos virtuosos Partidos-Ciudadanos: De la mediocridad a la calidad
(6) Plan de acción en tres fases: Guía, Grupos de discusión y Difusión

En La calidad bien entendida explicamos los fundamentos del Sistema de Indicadores de Calidad (SIC). Aquí ofrecemos tres razones por las que recomendamos la lectura de esta serie:

1. Porque los esfuerzos que se vienen haciendo por detener el deterioro democrático responden a una mirada que es preciso ampliar. La mirada sobre el pasado que distingue a los movimientos actuales debe completarse con el atrevimiento que supone hurgar en el futuro. Del mismo modo, el interés por los efectos dañinos debe perfeccionarse con el análisis de sus causas últimas. Y todo ello debe hacerse desde un punto de vista global, no meramente económico. El SIC se levanta sobre la voluntad de conjugar pasado y futuro, causas y efectos, con una visión que supere la mirada exclusivamente economicista.

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La calidad política empieza por nosotros

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La política se ha convertido en un problema. Así lo dicen últimamente los sucesivos barómetros del CIS, que de un tiempo a esta parte sitúan a los políticos como uno de los principales problemas para la ciudadanía. Resulta extraordinariamente perverso, propio de un “mundo al revés”, como diría Eduardo Galeano, que los delegados de la soberanía nacional, esto es, las personas elegidas por el pueblo para representarle, sean percibidas como un problema por sus propios electores.

Lo más paradójico de que la política se haya convertido un problema es que la única solución a este problema es la propia política. Entendida no como política de partidos, de estos partidos que, repetimos, son solo nuestros delegados. Hablamos por tanto de la POLÍTICA con mayúsculas, la que protagoniza el soberano, esto es, el pueblo, y no sus delegados circunstanciales, esos interinos de los partidos políticos que mañana serán reemplazados por otros.

A los escépticos del “para qué” y del “no sirve para nada que nos movamos” les recordaremos lo mucho que temen los gobiernos los virajes y movimientos de la opinión pública. Tanto es así que hoy en día se gobierna prácticamente a golpe de encuesta. Y cuando las encuestas arrojan un estado de opinión contrario a sus intereses, los partidos se ven obligados a moverse. O a pagar su falta de movimiento en las urnas.

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La calidad bien entendida (y 6)

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Queremos llenar España de semáforos. En esta última entrega de la serie La calidad bien entendida resumimos qué es esto de los semáforos, por qué lo hemos diseñado así y cómo lo estamos haciendo. El para qué del asunto ya lo conocen nuestros seguidores: La iniciativa SIC (Sistema de Indicadores de calidad) es la primera actuación concreta que esta Asociación aporta para la mejora de la equidad social por medio de una ciudadanía más competente y comprometida, es decir, con una mayor cultura política.

QUÉ

Figura 1Pretendemos que estos semáforos lleguen a ser tan habituales como hoy lo son miles de símbolos internacionales que nos informan a diario en los aeropuertos y las playas, por carretera o en las calles de pueblos y ciudades. Cuando esta escena deje de ser una novedad incomprendida o digna de sospecha, y la consideremos tan habitual como las familiares banderas -roja o verde o amarilla- en una playa llena de bañistas, entonces, los ciudadanos (que habremos intervenido de forma determinante en ello) podremos distinguir, con una simple mirada, entre tres tipos de partidos: (a) los que practican la mejora de sus procesos internos de trabajo, (b) los que tienen previsto hacerlo y (c) los que ni siquiera se lo han planteado.

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España asimétrica

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Hace tiempo escribí a un alto directivo de Google en EE.UU. Quería advertirle del marcado carácter machista de los resultados de algunas búsquedas que había realizado en el afamado buscador. Pues si preguntaba por el nombre de españolas de reconocido prestigio, la respuesta que obtenía era “Quizás quisiste decir: españoles de reconocido prestigio”. Si me interesaba por españolas ejemplares, Google no lo dudaba: “Quizás quisiste decir: españoles ejemplares”. Y si la búsqueda era sobre españolas famosas, entonces, la respuesta era grosera. Sin advertirte de ninguna posible confusión, ofrecía enlaces sobre “españolas desnudas y follando”, entre otras lindezas por el estilo.

Mi amigo me respondió, como los buenos profesionales, sin demora: “Tienes razón, lo informaré. Tenemos muchos casos. Lamentablemente no somos juez en todo esto, sino the soul of the age“.

Además de emprendedor de prestigio, mi amigo es un directivo influyente: Hoy, año y medio más tarde, los resultados ya presentan otro aspecto. Ante las mismas preguntas, el buscador ahora no te invita a que cambies española por español. En lugar de ello, directamente, en los primeros lugares aparecen nombres de universidades y los de marcas españolas de reconocido prestigio; salen a relucir algunas blogueras famosas, nuestra selección nacional de fútbol e incluso los ejemplares vendidos de determinadas revistas españolas.

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¿Por qué participar?

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“La participación ciudadana es el corazón de la democracia”. En el 95 Verba, Sholzman y Brady resumían así lo que conlleva la presencia de los ciudadanos en política. Su idea sobre lo que es implicarse en los asuntos públicos es una de las muchas que reclaman el poder que debe tener la sociedad en el entramado político. Todas ellas, y yo me uno, quieren transmitir la importancia de que colaboremos, ya que el único tipo de democracia que puede existir es el que nace continuamente del pueblo.

Los ciudadanos solemos sentir desafección por la política, pero esto sucede porque relacionamos la política solo con ellos, con aquellos que votamos una vez cada cuatro años y que son los encargados de dirigir y decidir sobre todos los asuntos que nos conciernen directamente. Sin embargo, aunque digamos frases como que no nos interesa la política o que la política solo está en manos de unos pocos, ésta concierne todos los ámbitos de nuestra vida: afecta a nuestras viviendas, a nuestra educación, a nuestra salud, etcétera. Incluso en nuestra vida privada estamos continuamente tomando decisiones políticas. Por poner un ejemplo, la decisión sobre dónde ir de vacaciones con la familia se puede tomar de forma democrática, por todos los miembros de la casa, o no.

Al margen de este último ejemplo, la participación ciudadana en los asuntos públicos es vital para que la democracia se sostenga. Por ello, el Sistema de Indicadores de Calidad (SIC), que la Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas está poniendo en marcha, necesita de nuestra participación e implicación para intentar mejorar una práctica política en la que no confiamos. Con el poder de la gente y de Internet, el trabajo de los gobiernos puede ser mucho mejor.

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La calidad bien entendida (5)

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Los llamamos círculos porque esa pinta tienen cuando los distinguimos desde arriba. Ahora veremos cómo basta rotarlos un poco o movernos nosotros para entender si son viciosos o virtuosos, admirarlos en su plena magnitud. Así sabremos si se corresponden con el “círculo” al que convendría abrazarnos o, por el contrario, si se trata de aquel del que nos gustaría escapar.

Este tema viene al caso de nuestro empeño por seguir transmitiendo lo que concebimos por calidad, que es, repetimos, a lo que aspiramos desde esta parcela como ciudadanos, al menos en el ámbito político; más concretamente, en nuestra relación como ciudadanos con los partidos políticos. Intentemos así vislumbrar un gran favor, centrándonos en lo bueno que podemos inyectar a los partidos y el bien que, indefectiblemente, nos debería ser retornado. De este modo haremos funcionar ese círculo o rueda que, tal y como lo pensamos nosotros, es incluso mejor: una espiral hacia la virtud o, si se prefiere, hacia un indudable triunfo.

De círculos viciosos —comúnmente, la pescadilla que se muerde la cola— estamos rodeados. Hay incluso quien los compara con ese círculo perfecto del que no se sale, al cerrarse de manera perfecta, “condenado a la eterna y boba rotación trivial”. En realidad, tal y como lo entendemos desde la Asociación, se trata, al igual que el círculo virtuoso, de una espiral que, girando, tiende hacia lo profundo, en un sentido claramente negativo. Es, dicho de otro modo, una suerte de remolino que, dependiendo de la perversidad de su funcionamiento, dispondrá del vórtice más o menos alejado de lo que veíamos como un círculo en primera instancia. Ir hacia abajo es una tendencia natural, ya que apenas supone esfuerzo: se trata de dejarse caer. Así que, gracias a una naturaleza perezosa, nos unimos con avenencia y connivencia a este tipo de remolinos de modo diríamos que hasta oriundo.

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La calidad bien entendida (4)

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No nos engañemos, no existen las panaceas —“Mientras haya vida habrá cáncer; es el precio que pagamos por estar vivos”—, y nuestra propuesta tampoco lo será. Eso sí, creemos que la iniciativa del Sistema de Indicadores de Calidad (SIC) ayudará a mejorar notablemente un elemento tan degradado de la democracia como los partidos políticos y nuestra relación con ellos. Nuestra propuesta aumentará, permitidnos decir de nuevo, nuestra cultura política, camino de una sociedad más equitativa.

En este momento, lo que nos interesa es distinguir entre la publicitada transparencia (de cómo se han hecho o se están haciendo las cosas) y unos indicadores de calidad (de cómo nos proponemos trabajar a partir de mañana). Para ello quizás sea preciso simular el juego de las diferencias, por aquello de intentar ser amenos y constructivos. Vayamos a ello.

La transparencia es una cualidad necesaria, exigible, “para que no duerman tranquilos”, mientras que la calidad es un compromiso con el futuro. La primera supone una zancadilla a la corrupción, una herramienta de apertura —o abrelatas— que no implica necesariamente una mejora —sobre todo si el producto que se descubre ya ha caducado—, ni siquiera garantiza que la evite; encarna un sistema de vigilancia, lo cual significa que no consentimos. Es cierto: no es poco. La calidad debería forjar, puesto que se trata de un compromiso público, un aumento de la confianza que se genera hacia la ciudadanía y, a su vez, un aumento de las expectativas electorales, una mejora sustancial en la forma de trabajar por parte de los partidos políticos. Así pues, la diferencia es notoria: la transparencia es una cualidad (más) que pone trabas a la corrupción pero que no supone necesariamente una mejora, mientras que la calidad es un compromiso que genera confianza e implica, inexorablemente, una mejora.

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¿Eres político o eres un idiota?

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Mucha gente desconoce que la palabra idiota proviene del término griego idiotes, con el que se definía en la Grecia Clásica a quien, a pesar de tener la condición de ciudadano y de reunir una serie de requisitos que le permitían participar en los asuntos públicos, eludía ejercer de forma activa la condición de político para dedicarse exclusivamente a sus asuntos privados. (Y por si no lo saben, político viene de polis, y un político no era otra cosa que un ciudadano, es decir, una persona con derechos políticos, que residía en la polis). Se podría decir, por tanto, que un idiota es el que sigue al pie de la letra el conocido consejo de Franco de hacer como él y no meterse en política. Hoy, muchos años después de la muerte del dictador, seguimos siendo un país de idiotas. Todo un logro que hay que reconocerle al caudillo, entre otros.

Una de las formas más sencillas de reconocer a un idiota es fijarse en  la persona verbal que emplea a la hora de hablar de política. Para un idiota, solo existe la tercera persona, o como mucho la segunda, pero nunca la primera. Todo se reduce, casi siempre, a lamentar “lo que hacen los políticos” o a esperar, si hemos amanecido optimistas, a que “venga alguien honrado, eche a estos sinvergüenzas y lo arregle todo”. Como si el problema político fuera un problema doméstico, por ejemplo la tubería de tu casa que se ha atascado. Y es que el idiota cree que un problema político no es más que otro problema doméstico que hay que dejar en manos de profesionales. Del fontanero político de turno, que ya sabemos que suele cobrar en B.

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La calidad bien entendida (3)

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Hemos dado cuenta ya del significado que adoptamos cuando hablamos de Indicadores de Calidad -ese compromiso con el futuro- y a qué calidad nos referimos -aquella que se define por acumulación de experiencia en ambos sentidos, o sea, los partidos políticos y los ciudadanos-. Prosigamos nuestra peculiar andadura estival acotando aún más esa idea tan peligrosamente escurridiza: calidad. Tres veces nombrada en un mismo párrafo, no es casual.

En Calidad y Cultura Democráticas queremos dejar aún más claro que nos proponemos la mejora de los partidos políticos, convencidos de que es una condición imprescindible para poder superar la crisis en la que evidentemente están sumergidos; en ningún caso su desaparición, lo que consideraríamos un fracaso democrático. Una de las razones del dislate del que somos espectadores y partícipes es el círculo vicioso –tema del que daremos cuenta en el quinto capítulo de esta serie– que se genera con la infidelidad de los electores y la derivada relajación en los compromisos ideológicos de los partidos (Daniel Innerarity, El País 11.08.2013). O, dicho de otro modo, la debilitación de la idea de programa electoral, consecuencia o causa del escepticismo de aquellos a quienes va dirigido.

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La calidad bien entendida (2)

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En la anterior entrada ofrecimos un ejemplo, mitad real, mitad imaginado, de lo que es y cómo se elabora un “indicador de calidad” de un partido político.  En esta segunda entrega de la serie La calidad bien entendida orientamos la atención de nuestros visitantes hacia otro aspecto de la cuestión. Nos referimos a la diferencia que existe entre este tipo de informaciones (indicadores de calidad) y otros símbolos o informaciones que circulan a diario en la sociedad. ¿Qué significados encierra un indicador de calidad hecho público por un partido político? ¿Cómo puede distinguirlos el receptor, el ciudadano, el votante, el lector, el oyente, el peatón –según sea el medio por el que se publicita o difunde el indicador?

Significados implícitos

Recordemos el ejemplo de la semana pasada. Un partido político se propone alcanzar el siguiente objetivo: Pasar en tres años (2013 – 2015) de una situación en la que sus ingresos por cuotas de afiliados suponen el 38% de los gastos de personal, a tener el 45% de estos gastos cubiertos por igual concepto. Lo que significa, en pocas palabras, plantearse un aumento de 7 puntos porcentuales en 3 años.

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La calidad bien entendida (1)

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Esta es la primera de las seis mini entradas que componen la serie La calidad bien entendida. De este modo inauguramos la campaña de divulgación sobre el SIC, el Sistema de Indicadores de Calidad. Se trata de una de las iniciativas que dieron lugar al movimiento por la Calidad y Cultura Democráticas.

Aquí entendemos que la idea y la práctica de “calidad” están indisolublemente unidas al futuro, es decir, a lo que está por venir; no a lo ya ocurrido ni a lo que está sucediendo. Pongamos, como prometimos, un ejemplo para empezar, un ejemplo a caballo entre la realidad y la ficción. Tomemos un partido político que emplea 29.243.694,38 € en gastos de personal en el año 2008 y que, en ese mismo año, ingresa por concepto de cuotas 11.478.518,86 €. Por tanto, para ese partido, en ese año, las cuotas de sus afiliados equivalen al 39 % de los gastos de personal. Aunque aún hoy estas cantidades se encuentran pendientes del informe definitivo del Tribunal de Cuentas, podemos decir que, euro arriba o abajo, reflejan una realidad. A partir de aquí, cambiamos de tercio para pasar al terreno de la ficción.

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La calidad bien entendida (introducción)

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Sistema; indicadores o índices; calidad; partidos, etcétera son términos de amplio espectro. Por eso, estas palabras hacen suponer a quien lee los titulares que ya sabe de qué va la cosa. Y, de esta forma, el lector, en lugar de interpretar el texto que sigue, lo traduce sobre la marcha a su propio idioma, es decir, lo filtra a través de su zona de confort intelectual y, en el mejor de los casos, se queda como estaba, diciendo para sí: ‘en efecto, esto ya lo sabía yo’.

Para evitar correr esta suerte, y sin pretensión alguna de ser originales, pero sí claros, Calidad y Cultura Democráticas desea explicar en esta serie veraniega de relatos breves lo que entendemos por Sistema de Indicadores de Calidad (SIC) y lo que, por el contrario, queda fuera del abanico de nuestras pretensiones:

  • Nos proponemos empezar con un ejemplo, lo más gráfico posible. Hemos elegido para ello un par de cifras más o menos aproximadas: en 2012, el PP gastó unos 130 millones de euros, mientras que sus ingresos por cuotas de afiliados ascendieron a unos 12 millones. ¿Cómo elaborar un indicador de calidad a partir de estos órdenes de magnitud? Éste será el asunto que trataremos en la primera entrega.

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