Cataluña, padres, hijos y ‘todismos’

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Nadie queda inmune al conflicto catalán. Nos salpica a todos, nos llega a irritar a todos, sea cual sea la posición que adoptemos. Porque son muchos hilos los que van entretejidos y apareciendo a resultas de todo este “procés”.

Uno de ellos es más de carácter sociológico que político: el contexto en el que se produce la rebelión independentista se presenta como una forma de la “revolución de lo ligero”. Así lo señalan Ignacio Gomá y Elisa de la Nuez en “La caja de herramientas del art 155 CE”

Una revolución que -interpretan Gomá y de la Nuez- es propia de la sociedad actual, de “lo efímero o líquido” (citando al filósofo francés Gilles Lipovetsky), y que nos describen como sociedad en donde “la imposición, el castigo, el monólogo jerárquico, la estructura sólida dan paso a la negociación, el diálogo, la relación transversal, la solución pacífica, adecuada a todas las necesidades, evitando soluciones tipo ganadores-perdedores”.

Con ello, los autores exponen, a la hora de abordar la cuestión catalana, la contraposición de posturas entre “el modelo de padre conservador y estricto al del progresista, protector y permisivo”.

Este interesante post en el blog de la Fundación Hay Derecho me ha inspirado las siguientes dos reflexiones.

1. Cuidado con las comparaciones

Cuidado con las comparaciones, porque el uso de unas u otras no está exento de premisas, incluso prejuicios: a mi entender, no es correcto asimilar Cataluña como una hija de España. Hijos y progenitores (o detentores de su patria potestad) tienen por su propia existencia una relación de derechos y deberes, cuya finalidad es precisamente que el menor alcance su mayoría de edad, como ser adulto plenamente independiente, capaz de valerse por sí mismo.

Pero en un Estado, las partes que lo conforman no son hijos que aspiren (como derecho-deber) a valerse por sí mismas. Son partes integrantes y configuradoras de un proyecto común. Este –el proyecto común– es el “hijo” en tanto que creación, para el cual se comprometen (a través de derechos y deberes) a su construcción. Y se adhieren leales a sus fines para la protección y el bienestar de los ciudadanos que lo conforman.

El objetivo, por tanto, no es el cada vez mayor autogobierno de las instituciones territoriales, tener más o menos poder propio (léase en sentido eufemístico el tan manido “autogobierno”), sino contribuir a esos fines de protección y bienestar de la forma que mejor se puedan llevar a cabo. A veces será con un poder más distribuido; para otros temas, con un poder más concentrado: la fórmula es dinámica y en constante evolución, como lo es la propia sociedad a la que sirven, y por ello, siempre revisable (en parámetros temporales que aconseja la prudencia política).

Pero esta revisión y adecuación no responden a que “se haya alcanzado la mayoría de edad”, sino a la necesaria evolución del contrato social que rige la organización de toda sociedad.

2. La sociedad de lo líquido o efímero

Tal como dice el hispanista Stanley G. Payne, es preciso “entender la psicología y la cultura de las épocas que se analizan”. Y en ese sentido, la cita de Lipovetsky por los autores del blog es más que acertada. Pues nos hallamos en tiempos, no ya solo de “lo líquido y efímero” sino además del “todismo” y “yoísmo”, como rezan varios anuncios publicitarios del momento actual.

Es decir, vivimos tiempos de las “utopías comodín”, en expresión de Fernando Vallespín, que parecen dejar a todos con la palabra “indignación” al alcance de la mano para cualquier momento en el que ese “todo” o “yo” no se vean plenamente satisfechos por alguna razón. Y, dado que es imposible e inviable el “elige todo” que se propugna, la escalada de “indignación” solo puede aumentar a marchas forzadas.

Así, la utopía de los “indepes” hay que entenderla, también, en ese contexto actual (no solo español) de una sociedad cada día más individualista, a la que todo “proyecto de construcción común” le deja indiferente, porque lo que le atrae realmente es ser “soberana de la república de su casa” y no tener que mezclar su identidad con nada que no sea para su perfil de Instagram o su grupo de amigos -todos bien homogéneos- de Facebook. Con ello, se ha instalado la “balcanización” social, que bien ha estudiado Cass Sunstein, como fenómeno que se consolida y acrecienta en las redes sociales.

Siendo, pues, acertado el análisis que nos proponen Gomá y de la Nuez sobre las diferentes herramientas (según fines) que encierra una aplicación del art 155 CE, creemos importante, a la hora de conformar las vías de solución del problema catalán, añadir y tomar también en consideración las dos reflexiones que acabo de exponer.

Sin duda, la relación de poder desde la perspectiva territorial es un problema complejo, un abanico que presenta varillas políticas, jurídicas, económicas y sociales. De largo y corto plazo. De antaño y actuales. Y el simplismo reduccionista (ahora denominado “posverdad”) no es la fórmula más aconsejable si queremos evitar que el problema se convierta en uno de esos problemas seculares matemáticos que siguen sin resolverse (aun a pesar de la inteligencia artificial…).

Paz de Torres

Abogada. Experta en Relaciones Internacionales

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