A vueltas con el clima

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Solo las lenguas muertas son lenguas estables, vino a decir Ernesto Sábato. A su dimensión humanista, Sábato unía sus conocimientos como doctor en Física. Las ciencias naturales y sociales se fundían en este argentino universal. Acaso por ello, Sábato sabía que no hay vida sin cambio. Así en el hombre como en la Tierra.

Este planeta —de momento, nuestra única casa común— no sería hoy habitable para los seres vivos sin los cambios que lo han conformado desde sus orígenes. Cambios en todos los aspectos, no solo en el que aquí nos ocupa, el así llamado cambio climático. Sin este, no habría vida. Las variaciones en el clima terráqueo son un fenómeno cuya historia ha quedado registrada en todos los estratos sedimentarios, desde las más profundas simas hasta las cimas más elevadas, Everest incluido.

Así que, luchar contra el cambio climático es un empeño tan bobo y suicida como luchar contra el giro del planeta. Me refiero a los dos giros que experimenta esta nave en la que viajamos y que llamamos Tierra: el giro sobre su propio eje y el giro alrededor del Sol. Si quisiéramos emular a los que luchan contra el cambio climático y nos dispusiéramos a frenar en seco el primero de estos dos giros, saldríamos despedidos hacia el espacio sideral a una velocidad que podría llegar hasta casi los 500 metros por segundo. Y si alguien se propusiera luchar contra el giro alrededor del Sol, pues hombre, depende de que lo consiguiera en verano o en invierno para que sintiéramos un calor o un frío eternos.

Distinguir entre palabras y cosas es importante, aunque solo sea para no hacerse un lío. Según vengo diciendo, «la lucha contra el cambio climático» es, como frase, o bien una necedad —algo propio de quien, debiendo saberlo, no sabe lo que dice—, o bien un engaño —con el que se pretende encubrir evidentes intereses creados—, o incluso una afrenta innecesaria y grotesca a las ciencias de la naturaleza, desde la Geología a la Astronomía. Pero dejemos las palabras y entremos, de lleno, en la naturaleza de los hechos.

El clima, ¿está cambiando? Naturalmente que sí. Las causas de estos cambios, ¿son exclusivamente naturales? Bajo ningún concepto; solo los negacionistas son capaces de sostener argumento tan temerario. Las atrocidades medioambientales que viene cometiendo la raza humana desde tiempo inmemorial se multiplican al mismo ritmo con el que avanzan los medios de producción. En solo los últimos 250 años hemos conseguido poner en peligro un planeta de unos 4500 millones de años. Y así hemos llegado a donde hoy estamos: un escenario atroz y preocupante en sí mismo y, sobre todo, porque nos estamos aplicando tarde y con una lentitud exasperante. En Glasgow 2021 se sostuvo más o menos lo mismo —con muchos más datos, eso sí— que medio siglo antes, en Estocolmo 1972.

Imaginar las consecuencias de semejante comportamiento produce, como los sueños de Goya, monstruos. Y si no fuera por lo que acabo de recordar sobre el giro de la Tierra, al comportamiento suicida de los negacionistas respondería con un dicho popular: que paren la Tierra que yo me apeo. Pues no, no quiero compartir planeta con semejantes compañeros de viaje. Como diría un castizo madrileño, con los negacionistas yo no voy ni de Callao a Sol.

Dicho todo lo cual, me apresuro a exponer la opinión que me merece el argumentario opuesto, es decir, la tesis hoy hegemónica. Me refiero a un razonamiento tan simple que puede resumirse así: la dramática situación medioambiental que padecemos es una crisis antropogénica. Según sus pregoneros, el cambio climático, el calentamiento global, la crisis climática —elijamos la expresión que más nos satisfaga— está generada exclusivamente por la acción humana. Pues bien, yo creo que esta tesis es interesada, es antropocéntrica y es culpabilizadora.

Es una tesis interesada en la medida en que los analistas hablan de corresponsabilidad en los siguientes términos: ambos, los ciudadanos con nuestros hábitos de consumo compulsivo y, por otra parte, las grandes corporaciones emisoras de agentes contaminantes somos responsables de la degradación medioambiental que provocamos y sufrimos. De esta forma se atempera el papel de los segundos, que son los principales causantes —en el capítulo humano— de la crisis climática. Al ciudadano que arroja neumáticos al mar se le puede llamar incívico e insolidario y se le debe sancionar conforme a derecho. Pero de ahí a señalarle como causante del cambio climático en pie de igualdad con los poderes económicos —puesto que todos somos corresponsables, se nos dice— hay un largo trecho que los analistas de hoy no tienen empacho en recorrer, llevados en volandas por los recientes y alarmantes informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Es una tesis antropocéntrica —que no antropogénica— porque, bien mirado, parece dictada por seres que se creen el centro, origen y destino, de todo cuanto acontece en el universo. Seres reacios a aceptar la existencia de fenómenos ajenos a su voluntad. Seres proclives a olvidar que nuevos asteroides pueden visitarnos, como el que provocó la extinción de los dinosaurios al impactar sobre la Tierra, en lo que hoy se conoce como México, hace de ello unos sesenta millones de años. Es evidente que no todo lo que sucede o deja de suceder está motivado única y exclusivamente por la acción humana. Pero el pensamiento antropocéntrico renuncia a enfrentarse —¿por temor o por soberbia?— a acontecimientos provocados por fuerzas exógenas.

Y es una tesis culpabilizadora. Sí, tanto se señale a las corporaciones como a los individuos, es una tesis que culpabiliza y amedrenta. Y esto que voy a decir se deriva de mirar al dedo y no a la Luna, en especial cuando el dedo señala a las personas. Ya está bien. Basta ya de culpabilizarnos de forma tan artera e interesada. El discurso dominante es un discurso con el que se subyuga y sojuzga al señalado, un discurso que intimida y oprime. Un discurso que crea mala conciencia en el individuo que hace solo unos años adquirió el vehículo más ecológico del mercado, un vehículo diésel, por supuesto.

Bastaría con que el discurso actual aceptara la intervención de la naturaleza en el calentamiento global y que se admitiera la existencia de fenómenos ajenos a la voluntad humana para que la credibilidad de sus argumentos alcanzara la cota máxima y, desde ahí, estimulara a la acción —coordinada, resuelta y determinante— a gobiernos, corporaciones y ciudadanos. Sí, sería suficiente con que el poder se mostrara humilde y humano. No sé a qué viene tanta renuencia a aceptar nuestra condición y tanta prepotencia que, en lugar de animar, desanima.

Entre unos (negacionistas, abanderados de un capitalismo compulsivo y depredador) y otros (oficialistas, interesados y arrogantes) caminamos a la espera de que la cordura se imponga sobre la Tierra y, así, queramos, sepamos y podamos salir del lío en que nos hemos metido. Y lo hagamos antes de romper el equilibrio ecológico de forma irreversible. Sí, seguro que conseguiremos reaccionar a tiempo para impedir que estabilidad y muerte sea nuestro destino inmediato.

Atentamente,

Felipe Gómez-Pallete felipe.gpalleterivas@ccdemocraticas.net

Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas.

 

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Cabecera. Fuente de la imagen: https://bit.ly/3TvRb0Z

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